Tres nombres, tres siglos de historia de la "venecia rusa". San Petersburgo, Petrogrado, Leningrado. En 1991 recuperó su topónimo originario. Pedro I el Grande, Catalina II, Lenin. En 1703 el zar ordenó construir la fortaleza de Pedro y Pablo en el delta del río Neva. Cien mil obreros muertos de hambre y frío. Desde la fortaleza, la naciente ciudad avanzó en todas las direcciones, tanto en tierra firme como en las marismas batidas por las crecidas del río Neva y las olas del mar Báltico. De vigía, la vieja fortaleza se ha convertido en un recurso turístico y en la sepultura de los zares a partir de Pedro I el Grande. Centenares de islas, puentes, canales, iglesias, palacios, museos, castillos, plazas, fuentes, jardines, teatros, monumentos, galerías de arte. Fastuosidad barroca, neoclásica, modernista. Los malecones para contemplar las "noches blancas" y las tiendas de Nevski para admirar joyas, cerámica, antigüedades. Catalina II culminó el proyecto urbanístico de Pedro I el Grande y convirtió a San Petersburgo en musa de pintores, músicos, poetas, arquitectos, novelistas, escultores, dramaturgos. Gogol, Tostoi, Dostoieskvi. Tres glorias universales catapultadas desde San Petersburgo. Catalina II, inteligente, decidida, ambiciosa, hizo de Rusia una potencia militar. Bautizada con el nombre de Sofía Augusta Federica von Anhalt-Zerbst, en Prusia, cambió de nombre tras llegar a Rusia con apenas quince años para contraer matrimonio con el duque Pedro Holstein-Gottorp, sobrino nieto del zar Pedro I el Grande. El marido de Catalina II, un simplón de tomo y lomo en el tálamo parrandero, ni la hizo mujer ni madre. Ambas misiones recayeron en Serguei Saltykov, padre del futuro Pablo I. Nacida bajo el singo de aries, Catalina II no dejó de coleccionar amantes y sementales hasta su fallecimiento. A todos los recompensó generosamente. A Grigori Orlov le regaló el palacio de Mármol; a Estanislao Poniatowski la corona del reino de Polonia y a Francisco de Miranda y Rodríguez 10.000 rublos y 500 ducados de oro. El precursor de la Independencia de Venezuela llegó a San Petersburgo, en 1785, con ocasión de su periplo europeo recabando apoyo diplomático y financiero. Alto, fornido, elegante, aventurero, seductor, por donde pasaba dejaba huella. En San Petersburgo tuvo sendos romances con la señora Tarnowska y con la princesa Lubomircka. Ambas quedaron muy bien servidas con el método P-3. Por arriba, por abajo, por la popa. El mariscal Grigori Potemkin, héro de de Crimea, le presentó a la emperatriz Catalina II. Rondaba los sesenta años de edad, rolliza, ávida como siempre de relajo en el catre. Pasaban horas conversando sobre arte, política, literatura. La zarina escuchaba sin pestañear las andanzas de Miranda desde su partida de Caracas tras no ser admitido en el Cuerpo de Cadetes Reales. George Washington, Federico II de Prusia, Gustavo III de Suecia. No paraba quieto haciendo apología del "terrorismo separatista" venezolano. No paraba quieto política ni sexualmente. A la reina de Suecia la dejó preñada en un descuido de Gustavo III. El gobierno del conde de Floridablanca, José Moñino Redondo, cursó orden de busca y captura contra Miranda, pero Catalina II desestimó las pretensiones del secretario de Estado del rey español Carlos III, padre de Carlos IV, un zoquete a juicio de su señora esposa María Luisa de Parma, quien según los mentideros de Madrid una mañana amaneció con Simón Bolívar Palacios, el Libertador de América. Una noche, mientras Catalina II y su anfitrión cenaban tortillas de "blini" con salmón ahumado y caviar, regado con vodka y vino de Georgia, y afrodisíacos bombones de chocolate vieneses de postre, Miranda, con sangre canariovenezolana en las venas, preguntó: "¿Hace mucho frío aquí en invierno?". "Un poquito, si -respondió la zarina-. Pero he dado instrucciones para que le acondicionen varias dependencias en el palacio del Ermitage". Terminada la cena dieron un paseo por el bucólico jardín del palacio de verano. La luna brillaba en el cielo. Miranda rodeó a Catalina II por la cintura. Susurró: "Majestad, vamos a tus aposentos. Quiero darte a probar mi método del P-3". Ella lo miró. Dijo: Paco ¿de verdad te gusto?". Miranda, sin apartar la mirada del escote, aquel manojo de tetas meloneras, la besó tiernamente en los labios horizontales. Entre Catalina II y Nicolás II, San Petersburgo fue testigo de magnicidios, guerras, insurrecciones. En 1917, la situación política de Rusia se tornó caótica, ingobernable. Miseria entre los campesinos; desastre militar tras el asesinato del heredero de Francisco José I de Austria, aliado de Rusia; nefasta influencia de Rasputín sobre la zarina Alejandra, quien por consejo del "brujo de Siberia" le recomendó a Nicolás II que destituyera al jefe del Estado Mayor, que cambiara varios ministros y que cerrara la Duma. Estalló la Revolución de Octubre. Aquella gesta, con luces y con sombras, cambió el mundo durante setenta y cinco años. Durante la II Guerra Mundial, el asedio a San Petersburgo mató de hambre y frío a un millón de personas. San Petersburgo, un lugar para el reencuentro con la historia, una apuesta por el futuro.

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RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

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