"Colombia es el gigante dormido de América Latina" (Minerva Lara Batista, administradora del PRD panameño). Un continente de climas, fauna silvestre, desiertos, bosques fríos, playas de ensueño, selvas amazónicas, llanuras interminables, ríos por doquier, montañas cerca del cielo. Bochorno en la costa y templanza en las ciudades andinas. Oro, petróleo, esmeraldas, carbón, ganado. Cartagena de Indias, Bucaramanga, Manizales, Popayán, Villa Leyva. Gente dinámica y emprendedora en Antioquia, Cundinamarca, Santander. Monumentos y museos en todas partes. Colombia ha sido gobernada tradicionalmente por mandatarios corruptos, sinvergüenzas, payasos. Pero hoy da gusto visitar Colombia, ver cómo Álvaro Uribe Vélez ha dado un giro copernicano a la deshonrosa situación dejada por Andrés Pastrana Arango, huido a España como un cobarde tras el desastre de su "mesa de diálogo" con la narcoguerrilla de las FARC. Ojalá Uribe termine con éxito la obra emprendida.

SEGURIDAD DEMOCRÁTICA

            Me comprometí, el día de mi solicitud de retiro después de 36 años de servicios en el Ejército Nacional, a contribuir desde mi nueva condición de civil a la búsqueda de la paz, opinar sobre la problemática nacional con un sentido independiente y patriótico, sin sesgos de ninguna clase, y participar activamente en un proceso de construcción de Nación. Hoy, con una mayor tranquilidad y tras unos días de reflexión en el seno de mi hogar, me uno a través de esta distinguida casa periodística a los colombianos ya comprometidos en el propósito de generar una cultura de seguridad, tan necesaria en estos momentos tan aciagos que vive el país. La sociedad colombiana y la comunidad internacional requieren de un análisis crítico del conflicto armado interno, y conocer la manera como se está enfrentando la actual amenaza terrorista a la democracia. La seguridad, como bien público, no tiene dueños ni dominios reservados. Es un compromiso de todos los colombianos no sólo participar en su formulación, sino también dar su apoyo y solidaridad, acompañados de la exigencia legítima de resultados, al Gobierno y a las instituciones con responsabilidad y mandato constitucional en su ejecución. Es necesario, en el marco de esta nueva cultura de seguridad y defensa, conocer más claramente la estrategia nacional que el primer conductor político de la nación está desarrollando, y si ésta se remite exclusivamente a la promulgada Política de Defensa y Seguridad Democrática, de ser así, sería conveniente abrir un debate profundo sobre sus verdaderos alcances a corto y mediano plazo.  Es bueno explorar, de igual manera, si existe una cultura estratégica en las altas esferas del gobierno y de la sociedad civil. De los pronunciamientos que con frecuencia se hacen al respecto indistintamente se podría deducir que éstos más bien se ubican en un criterio táctico sobredimensionado. En su gran mayoría están orientados a satisfacer una demanda de seguridad coyuntural de la comunidad, por citar un solo ejemplo, las caravanas VIVE COLOMBIA, VIAJA POR ELLA, lo cual conlleva el peligro de caer en esquemas inmediatitas dejando por consiguiente a un lado la formulación y desarrollo de una idea estratégica de largo alcance que confronte con mayor efectividad y contundencia los grupos armados ilegales y propenda por alcanzar un desequilibrio de fuerzas definitivo y favorable al Estado frente a los violentos. En suma, la dialéctica de ideas y voluntades que fundamenta la estrategia no puede estar relegada al cuarto de San Alejo, desconociéndose por acción u omisión la vieja premisa según la cual la guerra se gana en el nivel estratégico de la confrontación, y su principal actor y ejecutor en el campo de batalla es la táctica, o sea la realidad del combate. Éstos y otros temas de carácter eminentemente técnico, producto de una discusión abierta, son benéficos para sensibilizar a la sociedad en aspectos tan fundamentales para la preservación de los intereses nacionales. Sólo resta señalar que el fortalecimiento de una cultura de seguridad en la sociedad colombiana es un imperativo impostergable y que, el país necesita conocer con claridad dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos en la solución del conflicto armado. De lo contrario se podría estar, en un futuro no muy lejano, inmersos en posibles escenarios de demagogia, frustración y desesperanza.

Fuente: Mayor General (r) Eduardo Herrera Verbel, en “El Colombiano”.

CAÑONES Y MANTEQUILLA

             Hace mucho tiempo no se escuchaba una crítica tan de fondo a la política de los Estados Unidos para la región andina (Colombia en particular) y al papel de las élites locales en la crisis social por la que atraviesa como la formulada en el informe del Proyecto Andes 2020, del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. La controversia sobre cuál debe ser la proporción entre "cañones y mantequilla", es decir, entre medidas de fuerza y de desarrollo, está en curso hace años. La novedad es la fuente de la crítica (uno de los organismos independientes más respetados de los Estados Unidos en política externa) y la severidad de la alarma que contiene. También por la dureza con la que se refiere a la política estadounidense, lo mismo que a las élites andinas, y por la amplia batería de propuestas prácticas que ofrece. "Tanto los Estados Unidos como el liderazgo de las clases políticas en los Andes tienen una significativa responsabilidad por el creciente riesgo de colapso fiscal, político y de seguridad de la región." Invocando la "miopía" de la política norteamericana, centrada en la lucha contra las drogas y el terrorismo, y el egoísmo de las élites andinas, que se niegan a emprender reformas esenciales, el informe llama la atención sobre el grave peligro que corren los cinco países andinos, en particular Colombia, Ecuador y Venezuela, y, en primer lugar, Colombia. La crítica tiene varias aristas. La primera, el descuido frente a los problemas de desarrollo, inequidad y falta de gobernabilidad en la región. La segunda, la política antidrogas misma, aunque respalda la fumigación y las medidas de fuerza (y pide, incluso, más personal militar estadounidense en Colombia), apunta a enfatizar todavía más en combatir la demanda en los países consumidores y los grandes eslabones de la cadena del narcotráfico, y en ofrecer alternativas serias al campesinado pobre de estos países, donde la inequidad en la tenencia de la tierra es escandalosa. La tercera condena al fracaso la estrategia de combatir un problema regional, como la droga, con políticas bilaterales, que es lo que viene haciendo Washington, sin involucrar de manera más activa a actores como la ONU y Europa. El informe llama a cambiar la estrategia. Dice que, sin una presión externa activa, las élites andinas no van a aceptar los profundos cambios que sus países demandan para convertirse en democracias estables. Entre otros, acentúa la necesidad de una reforma agraria drástica, que incluya poner impuestos serios sobre la tierra y expropiar a quienes no los paguen, y la urgencia de una revolución impositiva que tase con mayor severidad las grandes empresas y fortunas y amplíe las bases tributarias. Colombia es declarada la "piedra de toque" de la política para la región. Y el informe hace a la Administración Uribe la misma crítica que a Washington: la proporción de "cañones y mantequilla" (énfasis militar y de fuerza versus económico y de desarrollo) en su política. Declara "autoderrotista" que este gobierno siga resistiéndose a emprender drásticos cambios para democratizar la propiedad agraria o a establecer "instituciones estatales legítimas que no sean sólo de seguridad". Es elocuente que uno de los centros más prestigiosos del mundo en política exterior llame a prestar atención a cosas que han sido parte del programa histórico de algunas guerrillas, como la reforma agraria, aunque nadie podrá decir que el Consejo de Relaciones Exteriores simpatiza con estas. Todo lo contrario: llama a su gobierno a usar la presión política y comercial sobre nuestros países para impulsar esos cambios. Es crucial entender el fondo de la larga lista de recomendaciones, en especial en lo que nos corresponde, pues en Colombia la guerra sólo se va a ganar si a las medidas militares se les añade una dosis de reformas estructurales tan grandes como las inequidades que arrastramos. ¿Será que para "parar la oreja" tenemos que oírlo desde el Norte?

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